El cambio climático intensifica las tormentas invernales en el Mediterráneo occidental
El calentamiento causado por las actividades humanas está convirtiendo las borrascas invernales del Mediterráneo occidental en episodios mucho más destructivos, con temporales que hoy resultan aproximadamente un tercio más mortales que en la era preindustrial, según un consorcio internacional de científicos. El grupo analizó la serie de nueve tormentas que azotó España, Portugal y Marruecos entre mediados de enero y mediados de febrero y concluyó que la atmósfera, más cálida y húmeda, está cargando estos sistemas con volúmenes adicionales de agua que se traducen en lluvias torrenciales. De acuerdo con sus cálculos, los días con precipitaciones más intensas durante este periodo registran ahora alrededor de un tercio más de agua que antes de que la temperatura media del planeta aumentara unos 1,3 grados centígrados, lo que dispara la probabilidad de riadas, deslizamientos de tierra y daños graves en infraestructuras.
Las borrascas, todas bautizadas por los servicios meteorológicos por su fuerza, dejaron rachas de viento de intensidad huracanada y acumulados de lluvia sin precedentes en zonas que ya venían saturadas tras semanas de inestabilidad. En Grazalema, un pueblo serrano de la provincia de Cádiz conocido como uno de los enclaves más lluviosos de España, los pluviómetros marcaron 512,5 milímetros en solo 24 horas durante la tormenta Leonardo, más de lo que suele recibir Madrid en un año entero. En apenas diez días se rozaron allí los 1.300 milímetros, un volumen que pulverizó un récord vigente desde 1948 y provocó que los acuíferos rebosaran, empujando el agua subterránea hacia el interior de las viviendas. En el conjunto de España, Portugal y Marruecos, el encadenamiento de depresiones atlánticas abrió socavones en autovías, obligó a cortar líneas ferroviarias y forzó evacuaciones masivas en zonas anegadas. Decenas de miles de efectivos de emergencia fueron movilizados y Marruecos soportó el mayor número de desplazados, con unas 150.000 personas fuera de sus hogares, mientras el Gobierno español anunció más de 7.000 millones de euros en ayudas para la reconstrucción.
Para medir hasta qué punto influyó el cambio climático, los especialistas combinaron series de observación con simulaciones de modelos climáticos en dos áreas de estudio que abarcan el sur de la península ibérica, el norte de Marruecos, el norte de Portugal y el noroeste de España. En la zona septentrional, donde los modelos reproducen adecuadamente las tendencias observadas, la atribución apunta a un incremento de alrededor del 11 por ciento en la intensidad de la lluvia diaria más extrema debido a las emisiones de gases de efecto invernadero. En la región meridional, el comportamiento de los modelos fue menos coherente y los autores prefirieron no fijar un porcentaje concreto, aunque los registros reales muestran aumentos todavía más acusados en los episodios más intensos. El informe también identifica un patrón de bloqueo anticiclónico sobre Escandinavia y Groenlandia que desvió repetidamente las borrascas hacia Europa occidental, creando un auténtico “tren de tormentas” sobre el Mediterráneo occidental. A esa configuración se sumaron aguas anómalamente cálidas en el Atlántico norte y potentes ríos atmosféricos que transportaron grandes cantidades de humedad, factores que actuaron como combustible y reforzaron aún más las precipitaciones.
Para la comunidad científica, lo ocurrido en el Mediterráneo occidental ilustra cómo un calentamiento aparentemente gradual puede transformar una sucesión de temporales invernales en emergencias encadenadas. Señalan que unas lluvias más intensas, combinadas con sistemas de drenaje insuficientes y una urbanización creciente en llanuras inundables, multiplican las vulnerabilidades en ciudades y zonas costeras densamente pobladas. La suma de infraestructuras envejecidas, ocupación de cauces y suelos sellados hace que defensas fluviales y redes de transporte se vean fácilmente desbordadas cuando se registran acumulados récord, con efectos en cadena sobre la vivienda, la agricultura y los servicios esenciales. Los expertos sostienen que esta nueva evidencia se suma a otros estudios que describen una intensificación del ciclo hidrológico global por efecto del calentamiento y reclaman inversiones urgentes en sistemas de alerta temprana, ordenación del territorio e infraestructuras resilientes ante un futuro en el que lo “extremo” dejará de ser excepcional.
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